Bardenas Reales, todo lo que necesitas saber para visitar el desierto de Navarra

Cuarenta y dos mil hectáreas de arcilla, yeso y arenisca se extienden al sureste de Navarra, moldeadas por el agua y el viento en formas que no se parecen a nada más de la comunidad foral. No hay ningún pueblo dentro de sus límites, pero el territorio lleva siglos siendo trabajado por pastores y familias de la Ribera. Esta guía recorre Bardenas Reales de punta a punta, con sus formaciones más reconocibles, su historia y los alojamientos donde hacer noche antes o después de cruzarlo.

Elizondo, el pueblo que Amaia no deja de mirar

El asfalto se termina a las puertas de Arguedas y empieza la tierra suelta. A partir de ahí el paisaje cambia de golpe; las huertas, los arrozales y los campos de cereal de la Ribera dan paso a un territorio sin árboles ni casas, recortado por barrancos color ocre y coronado por cabezos que parecen a punto de derrumbarse. Son las Bardenas Reales, y quien llega por primera vez suele tardar unos minutos en asumir que sigue en Navarra.

Ese contraste no es un accidente del relieve. Bardenas es, sobre todo, un territorio comunal. Desde el año 882 los reyes de Navarra fueron cediendo derechos de pasto sobre estas tierras a los pueblos vecinos, y en 1705 Felipe V unificó ese privilegio en veintidós entidades congozantes que todavía hoy gestionan el desierto. Fue también, durante siglos, el destino de invierno de los rebaños que bajaban del Pirineo por la Cañada Real de los Roncaleses, una ruta de trashumancia de más de cien kilómetros que sigue marcando el territorio de norte a sur. Comprender esa historia cambia la forma de mirar el paisaje, porque lo que a simple vista parece un vacío es, en realidad, uno de los espacios mejor administrados de Navarra.

Esta guía recorre Bardenas Reales siguiendo el orden en que se descubre desde la entrada norte, de los primeros miradores a las formaciones más conocidas del interior, y cierra con la Ribera y sus alojamientos, el lugar natural donde hacer noche antes o después de cruzar el desierto. Entre esas paradas aparecen quienes conocen el territorio de cerca, anfitrionas y anfitriones que han hecho de las puertas de Bardenas su forma de vida.

Presa Txokoto_Elizondo_Francis Vaquero_Turismo de Navarra

Un territorio sin pueblos, gestionado por veintidós

Bardenas Reales ocupa 41.845 hectáreas al sureste de Navarra, entre Tudela y las estribaciones del Prepirineo, con un eje norte-sur de 45 kilómetros y otro este-oeste de 24. El territorio no pertenece a ningún municipio. Su propiedad, heredada de la Corona de Navarra, pasó al Estado español y, en diciembre de 2008, el Gobierno de España cedió la nuda propiedad de los terrenos a la propia Comunidad de Bardenas Reales, formada por diecinueve pueblos, dos valles pirenaicos (Roncal y Salazar) y el Monasterio de la Oliva. Son las veintidós entidades congozantes, un régimen que Felipe V confirmó por real cédula en 1705 y que sigue vigente sin apenas cambios.

La protección legal llegó mucho después. El Parlamento de Navarra declaró Bardenas Parque Natural el 6 de abril de 1999, y un año más tarde, el 7 de noviembre de 2000, la UNESCO lo incorporó a la Red Mundial de Reservas de la Biosfera, la primera de Navarra y la decimoséptima de España. El territorio se divide en tres zonas, El Plano al norte, la Bardena Blanca en el centro, la más visitada, y la Bardena Negra al sur, más vegetada y menos transitada.

Cómo entrar en el desierto

Bardenas tiene dos entradas principales. La más utilizada es la de Arguedas, junto al Centro de Información Turística, donde arranca la carretera asfaltada que se adentra en la Bardena Blanca y desde donde parten la mayoría de las rutas a pie y en bicicleta. La segunda es El Paso, en Carcastillo, la puerta norte del parque y punto de partida habitual para quienes llegan desde la Zona Media o el Pirineo.

Dentro del parque la carretera asfaltada dura poco. El resto son pistas de tierra, transitables en coche pero exigentes si ha llovido, porque la arcilla se vuelve resbaladiza y algunos tramos quedan cortados. La ruta más habitual es un circuito de unos treinta kilómetros que conecta los puntos principales de la Bardena Blanca, factible en dos o tres horas en coche sin prisa, o en una jornada completa si se combina con alguno de los senderos señalizados a pie o en bicicleta. Conviene salir con el depósito lleno y agua suficiente, porque no hay ningún servicio dentro del parque.

El mirador de Aguilares, la primera vista

A pocos metros del Centro de Información, el mirador de Aguilares, también llamado mirador de la Bardena Blanca, ofrece la primera panorámica completa del territorio. Desde aquí se entiende de un vistazo la escala del lugar, una sucesión de mesetas y barrancos que se pierde en el horizonte sin un solo árbol que rompa la línea.

Justo enfrente destaca Los Tres Hermanos, tres cabezos alineados que probablemente formaron parte de una sola meseta antes de que la erosión los separara. Se asciende a uno de ellos por una escalinata modesta que corona una de las mejores vistas del parque. El otro par sirve de referencia visual para orientarse en el resto del recorrido, uno de ellos guarda un corral en su base y el otro aloja parte de las instalaciones militares del polígono de tiro, todavía activo en una franja del parque.

Ir a primera hora de la mañana, antes de que suba el calor y cuando la luz rasante dibuja mejor los relieves, es la recomendación que repite quien conoce bien el lugar.

Castildetierra, el cabezo que ha dado la vuelta al mundo

Unos cuatro kilómetros más adelante, siguiendo la pista principal, aparece Castildetierra, el cabezo que ilustra la mayoría de las fotografías de Bardenas. Su silueta, estrecha en la base y ensanchada en la cima, resultado de que el yeso superior erosiona más despacio que la arcilla de abajo, lo convierte en el símbolo del parque desde que existen postales del lugar.

Es también uno de los más frágiles. Está prohibido acercarse a sus laderas o subir por ellas, porque cada temporada de lluvias adelanta el proceso que acabará derrumbándolo. El aparcamiento junto a la formación permite verlo de cerca sin necesidad de caminar, aunque merece la pena rodearlo a pie por el sendero que baja hacia el Barranco de las Cortinas.

Castildetierra y su entorno más inmediato han servido de escenario para rodajes, entre ellos varias escenas de Juego de Tronos ambientadas en el mar Dothraki, algo que explica que buena parte de quienes llegan hoy lo reconozcan antes de haber pisado Navarra. Pero el paisaje no necesita esa referencia para sostenerse por sí mismo, basta con quedarse quieto un momento y escuchar el silencio casi total que envuelve la Bardena Blanca fuera de las horas centrales del día.

Iglesia de Santiago Elizondo_Francis Vaquero_Turismo de Navarra_1

El Barranco de las Cortinas y el Cabezo de las Cortinillas

Detrás de Castildetierra se abre el Barranco de las Cortinas, un cañón corto, de poco más de un kilómetro, que se recorre a pie en una hora escasa. Es el itinerario más sencillo del parque y también el más concurrido, porque combina fácil acceso con un paisaje de cárcavas y chimeneas de arcilla que estrechan el paso.

Si se continúa unos metros más, unas escaleras ya desgastadas por el paso del tiempo suben hasta el Cabezo de las Cortinillas, un mirador natural sobre el propio barranco y sobre buena parte de la Bardena Blanca. Conviene llevar calzado con buen agarre, porque el terreno arcilloso se compacta y resbala incluso en días secos.

El barranco recoge el agua de lluvia de toda la zona y la conduce aguas abajo hacia el Barranco Grande, así que después de un temporal fuerte no es un lugar por el que caminar. El resto del año, en cambio, es la parada que mejor resume en poco tiempo lo que Bardenas tiene para ofrecer a quien solo dispone de una mañana.

Piskerra, el laberinto interior

Quien tenga más tiempo debería dejar la Bardena Blanca más transitada y adentrarse hacia Piskerra, en la zona alta del parque. El acceso se hace a pie desde la Cabaña de Piskerra o desde el paraje conocido como Cuesta del Canto, ambos con espacio para aparcar, y el ascenso hasta el mirador superior lleva alrededor de una hora y media por unas escaleras antiguas que conviene subir con calzado de montaña.

Arriba, el paisaje cambia de escala. Barrancos de colores anaranjados y mesetas cortadas en línea recta se suceden en todas direcciones, con una panorámica que abarca desde el polígono de tiro hasta el Vedado de Eguarás. Es también el lugar con más restricciones de acceso durante la época de nidificación de las rapaces, entre febrero y agosto, así que conviene consultar el estado de los cierres antes de subir.

Piskerra recibe muchos menos visitantes que Castildetierra, y esa diferencia se nota en el silencio. Es la zona que mejor explica por qué los pastores llamaban a este territorio la Bardena, sin más apellido, mucho antes de que nadie viniera a fotografiarla.

El Vedado de Eguarás y el castillo de Peñaflor

Hacia el noroeste de Piskerra, el Vedado de Eguarás guarda uno de los rincones con más historia del parque. Sobre uno de sus cabezos se levantan las ruinas del castillo de Peñaflor, también llamado castillo de Doña Blanca, una fortaleza medieval que durante siglos marcó la frontera entre los reinos de Navarra y Aragón.

Hoy queda poco en pie, apenas unos muros que se confunden con la roca sobre la que se asientan, pero el lugar merece la parada por el contraste entre la piedra trabajada por manos humanas y la piedra tallada por el agua que la rodea. El Vedado es además una de las zonas mejor conservadas del parque, con vegetación algo más densa que en la Bardena Blanca y protección especial por su interés ornitológico.

Es un desvío que casi nadie incluye en una primera visita, pensada casi siempre solo para ver Castildetierra, y por eso mismo suele quedar para quien vuelve a Bardenas por segunda o tercera vez, ya sin prisa por completar la lista de postales.

La Cañada Real de los Roncaleses, el camino que baja del Pirineo

Bardenas Reales no se entiende del todo sin mirar hacia el norte. Durante siglos, cuando llegaba el otoño, los pastores del Valle de Roncal bajaban sus rebaños desde los pastos de alta montaña hasta este desierto, siguiendo la Cañada Real de los Roncaleses, una vía pecuaria de más de cien kilómetros que todavía puede recorrerse a pie, en bicicleta o a caballo. La cañada conecta los verdes valles pirenaicos con la estepa del sur, y caminar aunque sea un tramo es la forma más directa de entender que Bardenas no es el final de un trayecto, sino el destino de una ruta que empieza muy lejos.

Esa trashumancia, documentada desde el año 882, sigue viva y explica por qué el desierto nunca ha sido un territorio deshabitado del todo, sino un espacio de paso y de trabajo. También ayuda a entender la geografía de los alojamientos de la zona, quienes recorren la Cañada Real completa suelen organizar el viaje en dos tramos, montaña y desierto, y hacer noche cerca de cada extremo. Para quien prefiera un adelanto sin recorrer los cien kilómetros, hay rutas de senderismo más cortas que combinan un tramo de la cañada con Castildetierra y el Cabezo de las Cortinillas en un solo día.

Dormir a las puertas del desierto, Alma Dezerto en Arguedas

Arguedas es la puerta sur más utilizada de Bardenas, y también donde se encuentra uno de los alojamientos de referencia de la zona. En pleno casco del pueblo, Consuelo Urmeneta levantó junto a su marido Ángel, tras años dedicados al comercio y la hostelería local, Alma Dezerto Bardenas, la primera casa rural de cinco estrellas de Navarra. El alojamiento está pensado para quien llega cansado de pedalear o caminar por el parque, con un pequeño taller de bicicletas incluido entre sus servicios.

Su hijo Aitor cocina en el restaurante de la casa y tiene fama de sacarle todo el partido a las verduras de la Ribera, un cierre de jornada razonable después de una tarde entera bajo el sol de Bardenas. La combinación de casa y restaurante familiar resume bien el carácter de estos alojamientos, un negocio que ha crecido con el pueblo y que sigue mirando al desierto que tiene enfrente.

Desde Arguedas, además de la entrada al parque, se puede subir a la Sierra del Yugo, desde donde se domina todo el valle ribero, o acercarse al parque temático de Sendaviva, a pocos minutos por carretera.

Murillo el Fruto y la puerta norte, Txapi Txuri

Hacia el norte del parque, cerca de El Paso y del Monasterio de la Oliva, Murillo el Fruto ofrece una base más sencilla para quien prefiere moverse por esa zona de Bardenas antes de bajar hacia la Ribera. Ahí, sobre una antigua casa labriega restaurada, Kerman atiende Txapi Txuri, un alojamiento con cocina de temporada y producto de kilómetro cero que trabaja también su propia huerta, sus olivos y un viñedo ecológico, del que sale el vino Quebradero que se sirve en el restaurante de la casa. 

El patio de Txapi Txuri, con mesas al aire libre, es uno de esos rincones donde cenar producto local bajo las estrellas se convierte en la forma más lógica de terminar el día, sobre todo en verano, cuando el desierto se vacía de calor en cuanto se pone el sol. 

Desde Murillo el Fruto, además de Bardenas, quedan cerca el Monasterio de la Oliva y varias bodegas de la zona vinícola de la Ribera.

Tudela y la huerta que cierra el viaje

Toda visita a Bardenas termina, tarde o temprano, en Tudela. La capital de la Ribera concentra la gastronomía que explica media Navarra, con la verdura como producto central casi todo el año, desde las alcachofas y los espárragos de primavera hasta las borrajas y los cardos de invierno. Pasear por su casco antiguo, con la Catedral de Santa María como referencia, es la forma más natural de cerrar una jornada que ha empezado entre cabezos de arcilla.

La ciudad funciona además como base logística para quien no encuentra plaza en los alojamientos más próximos al parque, con más oferta de restauración y servicios que los pueblos que rodean Bardenas. Quien quiera alargar el viaje puede completar la ruta con los pueblos cerca de las Bardenas Reales, a un paso de la Ribera. Entre el desierto y la huerta apenas hay veinte minutos de carretera, una distancia corta que dice mucho de esta esquina de Navarra, árida por un lado y regada por el Ebro por el otro, casi sin transición.

Información práctica

Cómo llegar. Bardenas Reales está a unos cincuenta minutos de Pamplona y a poco más de una hora de Zaragoza, ambas por autovía hasta Tudela o Carcastillo. El acceso habitual en coche es por Arguedas, entrada sur, o por El Paso, en Carcastillo, entrada norte.

Mejor época. La primavera y el otoño ofrecen temperaturas más suaves para caminar o pedalear. En verano conviene salir a primera hora, porque el calor en la Bardena Blanca puede superar con facilidad los treinta y cinco grados sin sombra donde resguardarse. Tras lluvias intensas, algunas pistas quedan cortadas por el barro, y conviene consultar el estado del parque antes de salir.

Qué llevar. Agua en abundancia, protección solar, calzado cerrado y con buen agarre, y el depósito del coche lleno, porque no hay gasolineras ni tiendas dentro del parque.

Normas del parque. Está prohibido salirse de pistas y senderos señalizados, acercarse a las formaciones más frágiles como Castildetierra, y acampar o hacer fuego en cualquier punto del territorio. El polígono de tiro permanece cerrado al público de forma permanente por motivos de seguridad.

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