
Casas Rurales Catalingarde
Tu refugio en Isaba, en pleno valle del Roncal. Ideal para descubrir el Pirineo con calma y autenticidad. Escríbenos y te orientamos con tu escapada.
Isaba abre la puerta al valle de Belagua, una llanura de origen glaciar cercada por cumbres que rondan los dos mil metros, como Lakartxela o Txamantxoia. En su ladera crece la Selva Grande, y en su extremo más alto se guarda la Reserva Integral de Aztaparreta, un hayedo-abetal que se describe como el último reducto de bosque sin explotar que queda en todo el Pirineo. El llano conserva además el dolmen de Arrako, junto a su ermita, recuerdo de los pastores que ya calentaban la leche del queso con piedras al rojo hace varios milenios. La carretera comarcal que cruza el valle sigue hasta Francia por Larra, así que un mismo paseo en coche o en bici cambia de país sin cambiar de silencio.
Las rutas pueden variar mucho en función de qué quieras hacer. Desde sentarte a contemplar el paisaje a rutas familiares y sencillas, pero espectaculares, como Mata de Haya o grandes recorridos para senderistas expertos.
En Isaba, Catalingarde reúne dos casas de piedra en pleno pueblo, a un paso de las rutas que suben hacia Belagua, con Mª Ángeles y Ana Rosa Ezquer como anfitrionas que, como perfectas conocedoras del valle, te podrán recomendar paseos y ascensiones donde el bosque es el protagonista.
Un poco más al oeste, el valle de Esteribar guarda el bosque de Quinto Real, dos mil quinientas hectáreas de hayedo que se extienden entre Baztán, Erro, Esteribar y los Alduides. Se entra desde Eugi, siguiendo el embalse que abastece de agua a Pamplona y en el que no está permitido bañarse, hasta el alto de Urkiaga. A ocho kilómetros y medio del pueblo quedan las ruinas de la antigua fábrica de municiones de Eugi, hermana menos conocida de la que Irati guarda en Orbaizeta. Y entre finales de septiembre y primeros de octubre, con algo de paciencia y las orejas atentas, se puede escuchar la berrea de los ciervos, un bramido que recorre el bosque durante la época de celo.
Ascender a Urquiaga y pasear en dirección al pico Adi es todo un baño de bosque, con el aliciente de encontrar por el camino decenas de búnkeres construidos tras la II Guerra Mundial ante el temor de Franco a una invasión aliada que acabara con su régimen. Si alcanzas la cima de la montaña, las vistas son increíbles.
Además, Esteribar es territorio BTT, un paraíso para los amantes de la bicicleta, con decenas de rutas balizadas.
Cerca de Zubiri, en pleno Camino de Santiago, el Hotel Akerreta hace de base para quien quiere combinar este hayedo con una etapa jacobea. José Mari, tu anfitrión, es además un experto en BTT y estará encantado de ayudarte si lo tuyo es descender vertiginosas laderas y descubrir los inmensos bosques a lomos de tu bicicleta.
Más hacia el oeste, el valle de Baztán Bidasoa cambia el registro. Aquí el hayedo ocupa unas siete mil quinientas hectáreas de monte, con robledales y castañares en las cotas más bajas, y linda con el Parque Natural de Bértiz. En sus rincones se esconden los pequeños embalses de Leurtza, rodeados de hayas, y la cascada de Xorroxin, nacedero del río Bidasoa, que aparece casi sin avisar entre hayas y castaños. La Reserva Natural de San Juan Xar guarda además algo que no se repite en el resto de Navarra, el único bosque autóctono de carpes o abeduillos de la Comunidad Foral, declarado reserva en 1987.
Si quieres descubrir rincones únicos, adentrarte en el bosque en soledad e incluso realizar una ruta nocturna siguiendo el paso de los contrabandistas, pregunta a tus anfitriones y anfitrionas.
Para alojarte y obtener la información que necesitas el valle ofrece tres registros distintos según lo que se busque. Posada Elbete, con Belén Urrutia y Karlos al frente, es un hotel rural con restaurante de producto ecológico. Arantza Hotela, con Alberto Madinabeitia como anfitrión, propone un alojamiento de lujo en el que no falta un solo detalle. Y Tresanea ofrece apartamentos con un precioso jardín para quien prefiere moverse por su cuenta en la preciosa localidad de Ituren, a los pies del monte Mendaur, cima emblemática del valle de Bidasoa.
La Sakana cierra el recorrido, ya con la sierra de Urbasa y Andía como telón de fondo, un parque natural de más de veintiún mil hectáreas repartido en cuatro paisajes distintos. Urbasa es una meseta caliza de hayas donde el ganado navarro ha pastado durante siglos; Andía, su vecina, invierte la fórmula y deja los pastos arriba y el hayedo escondido en el fondo de los barrancos. El Monte de Limitaciones conserva un muro de piedra seca que separa los dos montes desde 1412, por acuerdo del rey Carlos III con los amescoanos. Y en el corazón del parque, el Nacedero del Urederra reúne pozas de un turquesa poco habitual en un río navarro, entre tobas y bosques de ribera. Uno de sus senderos locales, el de Zelaiaundi, se conoce como el Hayedo Encantado, y en otoño se entiende por qué.
Mendiburu Rural Boutique, a pocos minutos en coche de la Sakana, es una base perfecta para explorar esta esquina del parque, muy cercana también a los bosques de la sierra de Aralar. A tu regreso te podrás dar además un baño en su bañera nórdica exterior, un placer para disfrutar tras un día de senderismo.
Conviene tener presentes dos cosas. Si te gustan las setas estos bosques son lugares perfectos para recolectarlas, pero ten en cuenta que la recogida de setas cambia de normativa según el monte, el concejo o la reserva en la que se esté, y algunas zonas, como las reservas integrales, quedan cerradas a cualquier recolección; pregunta a tus anfitriones y anfitrionas dónde informarte dependiendo de la zona que quieras visitar.
El otoño en Navarra no cabe en un solo bosque, tampoco en uno solo de sus valles. Irati sigue siendo una razón de peso para subir al Pirineo en estas semanas, pero Belagua, Quinto Real, Baztán y la Sakana cuentan la misma estación desde otro lugar. Explora las rutas y experiencias de Navarra Experiences en cada uno de estos territorios, y añade a tu otoño tantos hayedos como quieras.
Detrás de Castildetierra se abre el Barranco de las Cortinas, un cañón corto, de poco más de un kilómetro, que se recorre a pie en una hora escasa. Es el itinerario más sencillo del parque y también el más concurrido, porque combina fácil acceso con un paisaje de cárcavas y chimeneas de arcilla que estrechan el paso.
Si se continúa unos metros más, unas escaleras ya desgastadas por el paso del tiempo suben hasta el Cabezo de las Cortinillas, un mirador natural sobre el propio barranco y sobre buena parte de la Bardena Blanca. Conviene llevar calzado con buen agarre, porque el terreno arcilloso se compacta y resbala incluso en días secos.
El barranco recoge el agua de lluvia de toda la zona y la conduce aguas abajo hacia el Barranco Grande, así que después de un temporal fuerte no es un lugar por el que caminar. El resto del año, en cambio, es la parada que mejor resume en poco tiempo lo que las Bardenas tienen para ofrecer a quien solo dispone de una mañana.
Quien tenga más tiempo debería dejar la Bardena Blanca más transitada y adentrarse hacia Piskerra, en la zona alta del parque. El acceso se hace a pie desde la Cabaña de Piskerra o desde el paraje conocido como Cuesta del Canto, ambos con espacio para aparcar, y el ascenso hasta el mirador superior lleva alrededor de una hora y media por unas escaleras antiguas que conviene subir con calzado de montaña.
Arriba, el paisaje cambia de escala. Barrancos de colores anaranjados y mesetas cortadas en línea recta se suceden en todas direcciones, con una panorámica que abarca desde el polígono de tiro hasta el Vedado de Eguarás. Es también el lugar con más restricciones de acceso durante la época de nidificación de las rapaces, entre febrero y agosto, así que conviene consultar el estado de los cierres antes de subir.
Piskerra recibe muchos menos visitantes que Castildetierra, y esa diferencia se nota en el silencio. Es la zona que mejor explica por qué los pastores llamaban a este territorio la Bardena, sin más apellido, mucho antes de que nadie viniera a fotografiarla.
Hacia el noroeste de Piskerra, el Vedado de Eguarás guarda uno de los rincones con más historia del parque. Sobre uno de sus cabezos se levantan las ruinas del castillo de Peñaflor, también llamado castillo de Doña Blanca, una fortaleza medieval que durante siglos marcó la frontera entre los reinos de Navarra y Aragón.
Hoy queda poco en pie, apenas unos muros que se confunden con la roca sobre la que se asientan, pero el lugar merece la parada por el contraste entre la piedra trabajada por manos humanas y la piedra tallada por el agua que la rodea. El Vedado es además una de las zonas mejor conservadas del parque, con vegetación algo más densa que en la Bardena Blanca y protección especial por su interés ornitológico.
Es un desvío que casi nadie incluye en una primera visita, pensada casi siempre solo para ver Castildetierra, y por eso mismo suele quedar para quien vuelve a Bardenas por segunda o tercera vez, ya sin prisa por completar la lista de postales.
Bardenas Reales no se entiende del todo sin mirar hacia el norte. Durante siglos, cuando llegaba el otoño, los pastores del Valle de Roncal bajaban sus rebaños de oveja latxa desde los pastos de alta montaña hasta este desierto, siguiendo la Cañada Real de los Roncaleses, una vía pecuaria de más de cien kilómetros que todavía puede recorrerse a pie, en bicicleta o a caballo. La cañada conecta los verdes valles pirenaicos con la estepa del sur, y caminar aunque sea un tramo es la forma más directa de entender que las Bardenas no son el final de un trayecto, sino el destino de una ruta que empieza muy lejos.
Esa trashumancia, documentada desde el año 882, sigue viva y explica por qué el desierto nunca ha sido un territorio deshabitado del todo, sino un espacio de paso y de trabajo. También ayuda a entender la geografía de los alojamientos de la zona, quienes recorren la Cañada Real completa suelen organizar el viaje en dos tramos, montaña y desierto, y hacer noche cerca de cada extremo. Para quien prefiera un adelanto sin recorrer los cien kilómetros, hay rutas de senderismo más cortas que combinan un tramo de la cañada con Castildetierra y el Cabezo de las Cortinillas en un solo día.
Dentro del parque no hay ningún alojamiento y tampoco está permitido acampar, así que la noche se resuelve en los pueblos que hacen de puerta. En el sur, Arguedas; en el norte, Murillo el Fruto. Los dos cuentan con alojamientos que conocen el desierto de cerca.
En pleno casco de Arguedas, Consuelo Urmeneta levantó junto a su marido Ángel, tras años dedicados al comercio y la hostelería local, Alma Dezerto Bardenas, la primera casa rural de cinco estrellas de Navarra. El alojamiento está pensado para quien llega cansado de pedalear o caminar por el parque, con un pequeño taller de bicicletas incluido entre sus servicios.
Su hijo Aitor cocina en el restaurante de la casa y tiene fama de sacarle todo el partido a las verduras de la Ribera, un cierre de jornada razonable después de una tarde entera bajo el sol de Bardenas. La combinación de casa y restaurante familiar resume bien el carácter de estos alojamientos, un negocio que ha crecido con el pueblo y que sigue mirando al desierto que tiene enfrente.
Desde Arguedas, además de la entrada al parque, se puede subir a la Sierra del Yugo, desde donde se domina todo el valle ribero, o acercarse al parque temático de Sendaviva, a pocos minutos por carretera.
Cerca de El Paso y del Monasterio de la Oliva, sobre una antigua casa labriega restaurada, Kerman atiende Txapi Txuri, un alojamiento con cocina de temporada y producto de kilómetro cero que trabaja también su propia huerta, sus olivos y un viñedo ecológico, del que sale el vino Quebradero que se sirve en el restaurante de la casa.
El patio de Txapi Txuri, con mesas al aire libre, es uno de esos rincones donde cenar producto local bajo las estrellas se convierte en la forma más lógica de terminar el día, sobre todo en verano, cuando el desierto se vacía de calor en cuanto se pone el sol.
Desde Murillo el Fruto, además de Bardenas, quedan cerca varias bodegas de la zona vinícola de la Ribera y la Abadía cisterciense del Monasterio de la Oliva, uno de los conjuntos monumentales más puros y grandiosos de la arquitectura cisterciense en España y parte congozante de la Comunidad de Bardenas Reales.
Toda visita a Bardenas termina, tarde o temprano, en Tudela. La capital de la Ribera concentra la gastronomía que explica media Navarra, con la verdura como producto central casi todo el año, desde las alcachofas y los espárragos de primavera hasta las borrajas y los cardos de invierno. Pasear por su casco antiguo, con la Catedral de Santa María como referencia, es la forma más natural de cerrar una jornada que ha empezado entre cabezos de arcilla.
La ciudad funciona además como base logística para quien no encuentra plaza en los alojamientos más próximos al parque, con más oferta de restauración y servicios que los pueblos que rodean Bardenas. Quien quiera alargar el viaje puede completar la ruta con los pueblos cerca de las Bardenas Reales, a un paso de la Ribera. Entre el desierto y la huerta apenas hay veinte minutos de carretera, una distancia corta que dice mucho de esta esquina de Navarra, árida por un lado y regada por el Ebro por el otro, casi sin transición.
Cómo llegar
Bardenas Reales está a unos cincuenta minutos de Pamplona y a poco más de una hora de Zaragoza, ambas por autovía hasta Tudela o Carcastillo. El acceso habitual en coche es por Arguedas, entrada sur, o por El Paso, en Carcastillo, entrada norte.
Mejor época
La primavera y el otoño ofrecen temperaturas más suaves para caminar o pedalear. En verano conviene salir a primera hora, porque el calor en la Bardena Blanca puede superar con facilidad los treinta y cinco grados sin sombra donde resguardarse. Tras lluvias intensas, algunas pistas quedan cortadas por el barro, y conviene consultar el estado del parque antes de salir.
Qué llevar
Agua en abundancia, protección solar, calzado cerrado y con buen agarre, y el depósito del coche lleno, porque no hay gasolineras ni tiendas dentro del parque.
Normas del parque
Está prohibido salirse de pistas y senderos señalizados, acercarse a las formaciones más frágiles como Castildetierra, y acampar o hacer fuego en cualquier punto del territorio. El polígono de tiro permanece cerrado al público de forma permanente por motivos de seguridad.
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Una forma muy sencilla de planificar tu escapada es elegir primero una ruta y, desde ahí, seleccionar anfitriones, experiencias y mesas. Estas rutas de Navarra Experiences se llevan especialmente bien con el gastroturismo.
En cada una de estas rutas, la recomendación es la misma: deja hueco para la improvisación. El mejor mirador, el paseo más bonito o el plato que no esperabas suele llegar por una frase de tu anfitrión o anfitriona, pregúntales.
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