Qué ver en Navarra, 15 rincones imprescindibles de norte a sur

Navarra cambia de paisaje cada veinte kilómetros. Del hayedo de Irati al semidesierto de las Bardenas, del románico de Estella al queso del Roncal, del euskera de los valles pirenaicos a la huerta de la Ribera. Esta guía recorre la comunidad foral de norte a sur a través de quince lugares, con los anfitriones, los consejos prácticos y el hilo que los conecta.

En Navarra se puede desayunar entre hayas con niebla y cenar al borde de un semidesierto el mismo día. Entre el hayedo de Irati y las Bardenas Reales median menos de dos horas de coche, pero el paisaje cambia tantas veces que parece otro país. Del verde atlántico al ocre de la estepa, del caserío de piedra al viñedo, del euskera de los valles pirenaicos al castellano de la Ribera.

Ese cambio no es accidental. Navarra ocupa la bisagra donde el Cantábrico húmedo se encuentra con el valle del Ebro y en ese tránsito de apenas cien kilómetros caben tres climas, dos lenguas y una forma distinta de trabajar la tierra en cada comarca. El norte cría ganado y hace queso; el centro guarda bodegas, castillos y monasterios; el sur cultiva la huerta y la viña. Entender Navarra es entender ese descenso, y por eso la mejor manera de recorrerla es seguirlo de arriba abajo, sin saltarse el medio.

Esta guía no es un ranking. Es un recorrido de norte a sur por quince lugares que cuentan ese tránsito, encadenados tal y como aparecen al bajar del Pirineo al Ebro. Detrás de cada uno hay alguien que lo trabaja —queseros, hortelanas, viñadores, pastores y anfitriones que conocen su tierra mejor que cualquier mapa— y esa presencia humana es la razón para recorrerla despacio.

1. La Selva de Irati, donde empieza todo

La Selva de Irati es el hayedo más extenso de la Península Ibérica y uno de los más grandes de Europa. Sus 17.000 hectáreas de hayas y abetos se extienden por el Pirineo navarro-francés a más de 800 metros de altitud, y en otoño tiñen las laderas de ocre y cobre de una manera que cuesta describir sin recurrir al adjetivo fácil. Mejor decirlo así: los árboles cierran el cielo y la luz que llega al suelo cambia de color según la hora.

El acceso más habitual es desde Orbaitzeta, por la carretera que sube hasta el embalse de Irabia. Conviene salir antes de las nueve: el aparcamiento junto al lago se llena en temporada alta, especialmente en octubre, y quien llega tarde pierde la mejor hora de luz. Los senderos más transitados son los que bordean el embalse y suben al collado de Irati, pero hay rutas que se internan durante horas sin cruzarse con nadie. Llevar agua y calzado con suela es imprescindible; el suelo húmedo no perdona las zapatillas de ciudad.

Irati es también la puerta a los valles del Pirineo occidental navarro —Salazar y Roncal— que aparecen más adelante en esta guía. Quien empiece aquí llevará ya una imagen del norte que el resto del recorrido irá completando. Una buena base de operaciones para explorar esta esquina del prepirineo es el Hotel Ekai, en Ekai de Lóngida. Jesús, su anfitrión, conoce los accesos, los senderos menos transitados y los mejores momentos del día para cada ruta, y lo cuenta a quien se lo pida antes o después de cenar en su restaurante.

2. Roncesvalles, la puerta de los peregrinos

A pocos kilómetros al oeste de Irati, Roncesvalles guarda el paso más famoso del Pirineo. Por el puerto de Ibañeta han cruzado peregrinos desde el siglo XI, y la Colegiata que los recibe al bajar del monte sigue funcionando como albergue, como iglesia y como museo al mismo tiempo. El claustro gótico tiene una quietud particular a media mañana, cuando los peregrinos del día ya han comido y seguido camino y el lugar queda para quien quiera verlo con calma.

La colección del Museo de Roncesvalles recoge ocho siglos de historia jacobea en un espacio pequeño y bien ordenado. Merece la visita aunque no se venga a hacer el Camino. Y si se quiere entender qué significa esta etapa para quien llega caminando desde Saint-Jean-Pied-de-Port —22 kilómetros con desnivel acumulado de más de 1.300 metros—, basta con asomarse al puerto de Ibañeta al atardecer y mirar hacia Francia.

Roncesvalles conecta el Pirineo natural con el Camino de Santiago, el hilo conductor que recorre la Navarra central de este a oeste. Los pueblos que siguen —Zubiri, Pamplona, Puente la Reina, Estella— se entienden mejor desde aquí. Para quedarse en la zona, el Hotel Akerreta es un antiguo caserío a escasos 10 km de Pamplona y en pleno Camino de Santiago, donde José Mari te dará buenos consejos, sobre todo si te gusta la bicicleta, porque es un gran experto. Y en el Valle de Esteríbar, la Casa Rural Beitikoetxea ofrece una base tranquila en plena naturaleza pirenaica, a pocos kilómetros de Pamplona.

3. El Valle de Baztán, el verde que no se seca

El Baztán es el valle más poblado del Pirineo navarro, pero su fama viene de algo más que la geografía. La trilogía de novelas negras de Dolores Redondo —ambientada en Elizondo y en los pueblos y caseríos del valle— ha traído a miles de lectores que llegan buscando los escenarios de ficción y encuentran un territorio real con una identidad muy arraigada: arquitectura blasonada, gastronomía vasconavarra y una lengua, el euskera, que se escucha en las panaderías y en los bares.

Elizondo es la capital del valle y el mejor punto de partida. Sus casas de piedra con escudos sobre las puertas y los balcones de madera pintada dan al río Baztan, y la vida comercial y gastronómica de la calle gira en torno a los productos del entorno: queso Idiazabal, txistorra, hongos en otoño, espárragos en primavera. A pocos kilómetros, las Cuevas de Zugarramurdi —cavidades kársticas donde la Inquisición procesó a vecinos acusados de brujería en el siglo XVII— añaden una capa histórica y turística al conjunto.

En el Baztán, los anfitriones de Navarra Experiences incluyen alojamientos rurales distribuidos por el valle que permiten quedarse varios días y recorrerlo sin prisa. Puedes elegir entre alojarte en en el hotel rural Casa Elbete, a un paso de Elizondo, donde Belén te puede enseñar a preparar una cuajada como antaño para disfrutar de una experiencia que conecta directamente con el sabor del territorio o, si lo prefieres, perderte en la naturaleza y desplazarte hasta Casa Rural Urruska, en el barrio de Beartzun, en medio de un paisaje rodeado de montañas y a un paso de la muga con Francia, donde podrás realizar rutas a caballo entre España y Francia y relajarte con una cena casera con alimentos de la zona.

4. El Señorío de Bertiz, el jardín que alguien protegió

Antes de dejar el norte húmedo conviene hacer una parada en el Parque Natural del Señorío de Bertiz, en el valle del Bidasoa. No es uno de los parques más grandes de Navarra, pero tiene algo que los espacios mayores no siempre ofrecen: la sensación de que alguien lo cuidó con criterio y con cariño. Pedro Ciga, el último propietario del señorío, lo legó al Gobierno de Navarra en 1949 con una condición expresa: que se mantuviera como espacio natural protegido. El jardín botánico que rodea el palacio —con especies venidas de varios continentes— es consecuencia directa de esa voluntad.

Los bosques de Bertiz forman parte de la reserva de la biosfera del Urederra-Bidasoa y albergan una de las comunidades de fauna forestal más ricas del norte de España. Los senderos están bien señalizados y son accesibles para todos los niveles. La mejor época es primavera, cuando los rododendros del jardín botánico florecen, pero el bosque en cualquier momento del año tiene una densidad verde que cuesta encontrar más al sur.

Cerca del parque están Los Apartamentos Tresanea, con su bonito jardín para pasar la tarde y el Arantza Hotela, un alojamiento de gran nivel donde ofrecen una cuidada gastronomía basada en producto local y de temporada. A poca distancia se puede optar por en el Hotel Rural Iribarnia, queocupa un caserío del siglo XVI restaurado en la villa de Lantz, en un valle interior conocido como la «Suiza navarra».

5. Pamplona, más que los Sanfermines

Pamplona es la capital y el punto de convergencia de todos los caminos navarros, pero muchos viajeros la reducen a los Sanfermines de julio y se pierden el resto del año. La ciudad tiene una arquitectura medieval bien conservada —la ciudadela renacentista, el casco antiguo sobre la meseta, los baluartes sobre el Arga— y una vida gastronómica que concentra en el casco viejo una densidad de bares de pintxos sin parangón en Navarra.

La calle Estafeta, por la que corren los toros once días al año, es el resto del tiempo una calle con tiendas y bares donde los pamploneses desayunan y comen. Esto puede sonar a defraudar las expectativas del turista que llega buscando el espíritu de Hemingway, pero es exactamente lo que hace interesante a Pamplona: no es un escenario, es una ciudad que tiene su propia vida al margen de lo que los visitantes proyectan sobre ella.

Para quien venga a caminar el Camino de Santiago, Pamplona es también la etapa que cierra el trayecto pirenaico. Desde aquí, el paisaje empieza a abrir y a secarse hacia el sur. Para quedarse en el entorno de la capital con acceso a campo y naturaleza, Mendiburu Rural Boutique es un alojamiento rural en pleno campo a pocos kilómetros de Pamplona, a los pies de la Vía Verde del Plazaola. Isabel Narvalaz, su anfitriona, recibe a quienes llegan con ganas de desconectar —la bañera nórdica en el jardín es una de las razones para no moverse en todo el día.

6. Artajona, la fortaleza que los libros olvidan

Si Pamplona es la ciudad que todo el mundo conoce, Artajona es la que casi nadie menciona y quienes la encuentran no olvidan. El Cerco —el recinto amurallado que corona el cerro sobre el que se asienta el pueblo— es uno de los conjuntos defensivos medievales mejor conservados de Navarra, con once torreones y la iglesia de San Saturnino integrada en la muralla como si la arquitectura religiosa y la militar formaran un único organismo.

Artajona está a media hora de Pamplona, en la Zona Media, y suele aparecer como parada secundaria en los itinerarios que se dirigen a Olite. Merece más tiempo. El interior del Cerco a primera hora de la mañana, cuando el pueblo todavía no ha salido a la calle, tiene una densidad de silencio y de piedra que pocas fortalezas medievales de esta escala ofrecen sin colas ni entradas gestionadas.

Para quedarse en la zona, la Casa Rural La Tahona está en Lerín, a pocos kilómetros de Artajona, en una casa del siglo XVI con bodega-museo y spa. El vino forma parte del paisaje aquí: Lerín es pueblo de viñedos y la Tahona ofrece la combinación de patrimonio arquitectónico y cultura vitivinícola que define buena parte de la Zona Media navarra.

7. Olite, el palacio gótico y el vino

Olite tiene uno de los castillos medievales más fotografiados de España, y con razón. El Palacio Real —antigua residencia de los reyes de Navarra— es un castillo gótico del siglo XV con torres, patios y terrazas ajardinadas que en su momento fue descrito como uno de los palacios más suntuosos de Europa. Hoy alberga un parador y un museo, y puede visitarse con entrada.

Lo que las fotos no transmiten es que Olite es también una ciudad pequeña con una vida propia centrada en el vino. La Denominación de Origen Navarra tiene en Olite y en los pueblos del entorno —Tafalla, Falces, San Martín de Unx— algunas de sus bodegas más interesantes. El Museo del Vino, en el antiguo castillo, y las bodegas que rodean el casco urbano permiten combinar patrimonio medieval y enoturismo en una sola jornada.

A pocos kilómetros de Olite, en San Martín de Unx, La Posadica Casa Aldabe es un alojamiento rural de más de dos siglos de historia donde Raquel acompaña recorridos enoturísticos por las bodegas de la zona y Javier guía las visitas a la cripta románica del siglo XII que guarda el pueblo.

En Gallipienzo, a media hora de Olite, Heredad Beragu Boutique & Nature Retreat es un alojamiento rural solo para personas adultas que Patxi y Ramón levantaron sobre casas de piedra asomadas a la Foz del río Aragón. Su cocina, atenta a la temporada y a las conservas artesanas de Navarra, es una buena razón para quedarse más de una noche.

8. Estella-Lizarra, la ciudad del Camino

Estella es la ciudad que el Camino de Santiago construyó. Su casco histórico concentra una densidad de románico poco habitual para una localidad de su tamaño: la iglesia del Santo Sepulcro, el Palacio de los Reyes de Navarra —con su capitel del siglo XII que muestra a Roldán y Ferragut en combate—, y la iglesia de San Miguel, con su portada norte considerada una de las cumbres de la escultura románica navarra.

Estella-Lizarra es también la sede de la Semana Medieval, que cada agosto llena el casco histórico de representaciones, mercados artesanales y recreaciones que hacen referencia directa al pasado jacobeo y medieval de la ciudad. Fuera de la semana medieval, Estella tiene la cadencia de una ciudad de provincias que vive su patrimonio con normalidad, sin sobreactuarlo para el turismo.

Desde Estella, el Camino sigue hacia Logroño por la Ribera Alta del Ega, pasando por el Monasterio de Irache —donde una fuente del siglo XX dispensa vino gratuitamente a los peregrinos desde la bodega del monasterio. La Casa Rural La Tahona está también a distancia cómoda de Estella y es una opción natural para quien quiera combinar la visita jacobea con una noche en la Zona Media vinícola.

9. El Nacedero del Urederra, donde nace el río

El río Urederra nace literalmente de la roca, en el pie de la Sierra de Urbasa, con un caudal constante de agua que emerge de las calizas en forma de manantial. El nacedero es uno de los espacios naturales más visitados de Navarra, y la ruta que lleva hasta él desde Baquedano —unos cuatro kilómetros de ida por un sendero que sigue el curso del río entre paredes de roca y vegetación de ribera— es accesible para cualquier persona en buena forma física.

Hay que reservar plaza. El acceso al nacedero está regulado con aforo limitado para evitar la masificación que sufrió antes de implantarse el sistema de reservas. El tramo final del sendero —donde el río aparece entre rocas cubiertas de musgo y el agua tiene un color verde que resulta difícil de creer— justifica la planificación.

El Urederra conecta el paisaje de la Zona Media con el prepirineo de la Sierra de Urbasa, un páramo de pastos y hayas que merece también una excursión aparte. La trashumancia ha dado forma a esa sierra durante siglos, y los rebaños de ovejas que todavía cruzan el puerto en primavera y otoño son uno de los pocos espectáculos ganaderos que quedan en pie en Navarra. Para alojarse en el entorno, el Hotel Rural Olatzea ocupa un antiguo molino rehabilitado en Arbizu, en el valle de Sakana, flanqueado por las sierras de Aralar y Urbasa/Andía. El edificio integra las distintas partes del molino —en uso hasta los años treinta del siglo XX— en las estancias del hotel, y su restaurante y sagardotegi trabajan con productos de temporada de la comarca.

10. El Valle del Roncal, queso y trashumancia

El Valle del Roncal es el más oriental de los valles pirenaicos navarros y el que conserva con más claridad las marcas de una economía ganadera que todavía funciona. El queso Roncal —de leche de oveja lacha, con denominación de origen propia— se elabora en los caseríos del valle desde hace siglos, y comprarlo directamente a quien lo hace es todavía posible en varios puntos del recorrido.

Roncal, el pueblo que da nombre al valle, tiene una iglesia del siglo XVI y la tumba del tenor Julián Gayarre, nacido en el municipio en 1844. Isaba, en la cabecera del valle, es el punto de partida para acceder al Parque Natural de Roncesvalles-Selva de Irati por el este y para cruzar hacia el Parque Nacional de los Pirineos francés por el puerto de Belagua en verano.

El Roncal y el Valle de Salazar —que lo bordea al oeste, con Ochagavía como capital— componen juntos la Navarra pirenaica oriental, menos transitada que el eje Irati-Roncesvalles pero igualmente densa en paisaje y en historia pastoril. En Isaba, la Casa Rural Catalingarde  es una casa de montaña donde la chimenea del salón y la cena con productos pirenaicos son el mejor resumen de lo que ofrece el valle. Catalingarde tiene el sello Cero Residuos de ANAPEH, parte del compromiso del proyecto con un turismo rural más circular.

11. Ochagavía, el pueblo más conocido del Pirineo navarro

Ochagavía es el pueblo que aparece en todas las fotografías del Pirineo navarro. Sus casas de piedra sobre el río Anduña, el puente medieval de un solo arco y las calles empedradas que suben hacia la iglesia de San Juan Evangelista componen una estampa tan ordenada que cuesta creer que sea cotidiana para quien vive allí.

Y lo es. Ochagavía tiene unos trescientos habitantes que trabajan en la ganadería, el turismo rural y los servicios del valle de Salazar. En agosto, el pueblo celebra la romería a la ermita de la Virgen de Muskilda, una procesión con trajes tradicionales y danzas que lleva celebrándose sin interrupción desde el siglo XVII.

Ochagavía es también el mejor punto de partida para acceder a la Selva de Irati desde el este. La carretera que sube hacia el puerto de Larrau, con los hayedos cerrándose sobre el asfalto a ambos lados, es una de las más bonitas de la comunidad foral. Conviene hacerla con tiempo y sin prisa de llegar. Para este tramo del Pirineo oriental, la Casa Rural Catalingarde en Isaba es la base más cercana dentro de la red de Navarra Experiences.

 

12. Las Bardenas Reales, el otro extremo

Las Bardenas Reales son la antítesis de Irati. Donde el hayedo es densidad y humedad, las Bardenas son espacio y sequedad: un semidesierto de 42.000 hectáreas con cárcavas, barrancos y formaciones rocosas en forma de seta que el viento y la lluvia han esculpido durante milenios. Reserva de la Biosfera desde 2000 y parque natural desde 1999, es uno de los paisajes más singulares de España y uno de los más fotografiados.

El acceso más habitual es desde Arguedas, por la carretera que entra en el parque y permite recorrerlo en coche o en bicicleta por pistas balizadas. La ruta circular principal —unos cuarenta kilómetros— tarda entre dos y tres horas en coche con paradas. A pie o en bici, el parque se convierte en otra experiencia: el silencio es total y el horizonte, sin árboles ni edificios, parece más amplio de lo que es.

En Bardenas, el viento no es un detalle: es el protagonista. En primavera y en otoño puede alcanzar los ochenta kilómetros por hora, y en verano la temperatura supera los cuarenta grados con facilidad. La mejor época para visitarlo es de octubre a junio, preferiblemente en los meses húmedos, cuando las cárcavas recogen el agua y las formaciones de arcilla brillan con la luz baja de la tarde.

Para alojarse, Alma Dezerto está en Arguedas, la entrada principal de Las Bardenas.. Consuelo, su anfitriona, se empeñó en levantar la primera casa rural de cinco estrellas de Navarra a las puertas del desierto, equipada al detalle —incluyendo un pequeño taller de bicicletas— en un enclave entre la estepa y el Ebro. En la entrada norte de Las Bardenas, en Murillo el Fruto, Txapi Txuri ocupa una vieja casa labriega rehabilitada por quienes cultivan su propia huerta, sus olivos y un viñedo ecológico del que sale el vino Quebradero, que se sirve en su restaurante. Kerman, su anfitrión, te propondrá en su restaurante pasa solo alojados una selección de las mejores verduras de temporada de Navarra.

13. Tudela, la ciudad de la verdura

Tudela es la segunda ciudad de Navarra y la capital de la Ribera, pero fuera de la comunidad foral sigue siendo menos conocida de lo que merece. Su casco histórico guarda uno de los fondos arquitectónicos más variados de la región —catedral románica del siglo XII, judería medieval, palacios renacentistas— y su gastronomía ha conseguido en los últimos años un reconocimiento más que merecido.

Las verduras de la Ribera —espárragos blancos, alcachofas de Tudela, cardos, borrajas, cogollos— son el producto que define la cocina del sur de Navarra. El espárrago blanco, cultivado en la ribera del Ebro con métodos que implican aporcar la tierra para evitar que le dé el sol, tiene una textura y un sabor únicos. En primavera, los restaurantes de Tudela lo sirven crudo, cocido, plancheado, asado… hay mil formas de prepararlo y la diferencia con cualquier otro origen se descubre nada mas meterlo en la boca.

Las Fiestas de la Verdura, que se celebra en abril y mayo es una cita para gourmets y también para quienes quieren entender la relación entre el territorio, el agua y el alimento que define esta comarca. Alma Dezerto y Txapi Txuri, son también los alojamientos de referencia para explorar Tudela y la Ribera con base en el territorio.

14. Las Foces de Lumbier y Arbayún, ríos que cortan la roca

Entre las Bardenas y el Pirineo, en la Zona Media central, los ríos Irati y Salazar han excavado dos gargantas en la roca caliza que son de los rincones más sorprendentes de la comunidad foral. La Foz de Lumbier —un cañón de apenas tres kilómetros por el que corre el río Irati, con paredes verticales de más de cien metros— se recorre caminando por el antiguo trazado del ferrocarril de Irati. Es una ruta corta, accesible y extraordinariamente fotogénica.

La Foz de Arbayún, sobre el río Salazar, es más profunda y menos accesible, pero puede contemplarse desde el mirador de Iso con unos prismáticos que en primavera permiten observar colonias de buitres leonados en los cortados. Arbayún alberga una de las colonias reproductoras de buitres más importantes de España, con más de ciento cincuenta parejas nidificantes.

Ambas foces están a menos de treinta minutos de Pamplona por carretera y se pueden combinar en una misma jornada. Son el tipo de lugar que no aparece en los primeros resultados de búsqueda pero que quien lo visita incluye siempre en su lista de lo mejor de Navarra. El Hotel Ekai, en Ekai de Lóngida a poco más de veinte minutos de la Foz de Lumbier, es la base natural para este tramo del prepirineo: Jesús y su equipo conocen los accesos a ambas foces y pueden orientar la jornada con criterio local.

15. Zugarramurdi, el cierre en el norte

La guía podría cerrar en el sur, con las Bardenas o con Tudela, pero Navarra tiene una lógica circular: el norte vuelve a aparecer cuando menos se espera. Zugarramurdi, en el extremo noroccidental del Pirineo navarro, a un paso de la frontera francesa, es el último pueblo de esta ruta y uno de los más particulares de la comunidad foral.

Las Cuevas de Zugarramurdi —una cavidad kárstica por la que corre el arroyo Olabidea— fueron escenario de los aquelarres que la Inquisición persiguió a principios del siglo XVII, cuando más de cuarenta vecinos y vecinas fueron procesadas en el auto de fe de Logroño de 1609. La historia, documentada y estudiada, mezcla miedo social, conflicto de poder y sincretismo cultural en una proporción que el Museo de las Brujas del pueblo explica con rigor y sin sensacionalismo.

Zugarramurdi está en a veinte minutos de Elizondo. Quien cierra el recorrido aquí vuelve al norte húmedo desde el que partió, pero con quince capas de Navarra encima. El paisaje de hayas y maíz al fondo, la frontera invisible con Francia a un paso y el olor a tierra mojada son los mismos que en Irati. Lo que ha cambiado es el viajero. Para quedarse en el Baztán al cerrar el recorrido, la Posada Elbete en el pueblo de Elbete y la Casa Rural Urruska en Beartzun —una casa ganadera de ciento cincuenta años donde la familia Iparraguirre añadió el turismo rural en los años noventa sin cambiar las tablas de madera del suelo— son dos maneras distintas de terminar el viaje en el mismo norte desde el que empezó.

Información práctica

Cómo moverse. Navarra es un territorio que se recorre mejor en coche propio o en moto. Las conexiones de transporte público entre valles pirenaicos, Zona Media y Ribera son escasas y poco frecuentes. Desde Pamplona hay autobús a las principales cabeceras de comarca, pero para visitar los lugares de esta guía con libertad de horario, el vehículo es imprescindible.

Cuánto tiempo. El recorrido completo de norte a sur, con paradas de calidad en cada punto, necesita entre cinco y siete días. En cuatro días se puede hacer una selección de ocho o diez lugares priorizando un eje geográfico: el Pirineo norte y el corazón histórico, o la Zona Media y el sur.

Cuándo ir. No hay mala época en Navarra, pero sí hay épocas mejores para cada zona. El Pirineo y el Baztán son mejores en primavera y verano; las Bardenas, en otoño y primavera; Olite y los castillos medievales funcionan bien todo el año. Evitar las Bardenas en julio y agosto si no se tiene tolerancia al calor extremo.

Dónde alojarse. Los alojamientos rurales de Navarra Experiences están distribuidos por todas las comarcas de esta guía: desde el Pirineo hasta la Ribera, pasando por el Baztán, la Zona Media y Bardenas. Cada alojamiento está gestionado por anfitriones que conocen su territorio y pueden orientar el recorrido mejor que cualquier aplicación de viajes. Consulta la selección completa en navarraexperiences.com/rutas/ y elige el punto de partida para tu recorrido.

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