
Heredad Beragu Boutique & Nature Retreat
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Isaba, Roncal, Burgui, Uztárroz, Garde, Urzainqui y Vidángoz forman el Valle de Roncal, en la Navarra pirenaica, lindando con Aragón al este y con Francia al norte. El río Eska los recorre de arriba abajo, entre bosques de hayas, robles y abetos, bajo la Mesa de los Tres Reyes, la cima más alta de Navarra. La zona conserva el euskera roncalés como seña de identidad, aunque hoy la mayoría de sus vecinos habla castellano. Tres planes conviven en el mismo territorio, lo que cualquier persona debería ver al menos una vez, lo que invita a pasear despacio y lo que exige piernas, o motor, y algo de cabeza para la carretera de montaña.
Isaba es el pueblo más grande del valle y el que concentra más vida. Sus callejuelas empedradas desembocan en tres puentes medievales sobre el río Belagua, a pocos minutos del centro, y en el Museo de la Memoria, que repasa los oficios y las formas de vida de los roncaleses. Desde aquí arrancan las rutas hacia los valles de Belagua y Larra, así que conviene hacer noche en el pueblo antes de subir. Mª Ángeles y Ana Rosa Ezquer, hermanas, llevan las dos casas de Catalingarde, en pleno casco de Isaba, y cuentan a quien se aloja la historia del pueblo, hasta la de su viejo cine, con noventa años de vida. Su alojamiento sigue criterios de economía circular y producto local, dentro del programa Cero Residuos.
A pocos kilómetros, Roncal reparte sus casas señoriales a ambos lados del río Eska. Aquí está la Casa del Valle, sede histórica de la Junta del Valle, y la tumba del tenor Julián Gayarre, el roncalés más universal, en el cementerio junto a un mausoleo de mármol. El queso Roncal, elaborado con leche cruda de oveja latxa, fue en 1981 el primero de España en obtener la Denominación de Origen Protegida. Conviene entrar antes en el Centro de Interpretación de la Naturaleza, en la calle principal, con paneles sobre flora, fauna y pastoreo, y preguntar allí por los senderos marcados del valle.
Burgui marca la entrada al valle por el sur y guarda uno de los rincones más fotografiados de la zona, el puente románico de cuatro arcos sobre el Eska. El pueblo recuerda cada primavera a los almadieros, quienes durante siglos bajaron troncos en balsa por el río hasta los aserraderos, en una fiesta declarada de interés turístico nacional, el Día de las Almadías. Las callejuelas empedradas y las casonas de piedra agrupadas en torno a la ermita completan una parada corta antes de seguir hacia el norte del valle.
Roncal tiene marcados varios miradores accesibles a pie desde el pueblo, con paneles que señalan las cumbres de alrededor, Argibel, Punta Barrena y Santa Bárbara. Más al norte, junto a Uztárroz, el último pueblo del valle antes de Salazar, la foz de Mintxate ofrece un paseo corto entre paredes de roca donde anidan aves rapaces, sin necesidad de equipo técnico ni de mucho tiempo. Son rutas de una hora o dos, pensadas para quien quiere ver el valle sin subir a la alta montaña.
La ruta a las cascadas de Belabarze, cerca de Isaba, sigue el curso de un río entre bosque hasta llegar a una sucesión de saltos de agua y pozas de un verde intenso. El desnivel es suave y el camino está bien señalizado, así que resulta uno de los planes más recomendados del valle para quien viaja en pareja o simplemente busca el sonido del agua sin complicaciones.
En Isaba, la quesería Ekia abre sus puertas para ver de cerca cómo se elabora el queso Roncal y probarlo después en su gastrobar. Y en el pueblo de Roncal, las antiguas escuelas donadas por Julián Gayarre acogen desde finales de 2025 la sede de la Escuela de Pastoreo Gidari, un proyecto que forma a nuevos pastores y mantiene vivo un oficio que llevaba décadas perdiendo manos. Visitar ambos lugares, aunque sea de paso, es la forma más directa de entender que el valle no vive solo del paisaje, sino del trabajo que lo sostiene.
La estación de Larra-Belagua, sobre Isaba, señaliza ocho rutas en bicicleta eléctrica de montaña sin dificultad técnica, de entre 15 y 38 kilómetros, pensadas para todos los públicos. Es la manera más cómoda de asomarse al karst de Larra sin necesidad de piernas de ciclista de carretera, con paradas en miradores como Punta Barrena o Santa Bárbara
Si te gusta la gastronomía más auténtica y arraigada al territorio sube por el puerto de Belagua hasta Juan Pito, un restaurante cuyo nombre viene de cuando antiguamente se tocaba un pito los días de niebla para que quien hiciera la ruta a Francia no se perdiera en los bosques de Belagua. Sus migas, sus alubias negras y las costillas de cordero a la brasa son esenciales para saborear el valle de Roncal.
Desde Isaba, la carretera NA-137 remonta el valle de Belagua durante 14 kilómetros de curvas hasta el puerto de la Piedra de San Martín, a 1.765 metros y en la misma raya con Francia. La vía es ancha y de buen firme, así que atrae tanto a motoristas como a ciclistas de carretera, con paradas en el mirador del antiguo Refugio Militar General Garrido y en la estación de esquí de La Contienda. Al otro lado de la frontera, la carretera continúa hacia Arette y su estación de esquí, una excusa perfecta para cruzar a Francia por la tarde y volver a dormir en el valle.
El nombre de las golondrinas recuerda a las mujeres roncalesas, salacencas y ansotanas que cada otoño, entre 1870 y 1930, cruzaban el Pirineo a pie hasta las fábricas de alpargatas de Mauleón, en Francia. Hoy ese itinerario, de tres a cinco jornadas según la variante elegida, arranca en el Refugio de Belagua y atraviesa el karst de Larra hasta Francia, coronando cumbres como el Txamantxoia. Quien prefiera una sola jornada puede quedarse con la ascensión a la Mesa de los Tres Reyes, con 2.448 metros la cima más alta de Navarra, un paseo largo y sin dificultad técnica pero exigente en piernas, con las vistas de tres territorios como recompensa.
Para quien prefiere pedalear sin motor, la ruta en bicicleta de montaña que sube desde Isaba hasta Mintxate atraviesa un valle escondido salpicado de cabañas de pastores, hasta rozar los 2.000 metros donde el Pirineo navarro toca por primera vez la alta montaña. Es una subida exigente, pero sin pasos técnicos complicados, y coincide en su arranque con el comienzo de la Ruta de las Golondrinas.
En Isaba, Catalingarde I y II, las casas de piedra que llevan Mª Ángeles y Ana Rosa Ezquer, ofrecen la base más directa para cualquiera de los planes anteriores, a un paso de las rutas hacia Belagua y Larra. Pero el Valle de Roncal también puede visitarse sin dormir dentro de él. La Cañada Real de los Roncaleses, la vía de trashumancia de más de cien kilómetros que durante siglos bajó los rebaños del valle hasta las Bardenas, sigue marcando hoy un itinerario que atraviesa la Valdorba y la Zona Media antes de abrirse al paisaje semidesértico del sur. Quien recorra ese camino puede alojarse en Heredad Beragu, en Gallipienzo, y seguir después hacia los alojamientos de la Ribera y las Bardenas, entendiendo el Roncal también desde la distancia que marcaba la trashumancia.
Isaba está a poco más de una hora y media de Pamplona por la A-21 y la NA-140, que sube el valle desde Lumbier. La mejor época para los planes de altura es de junio a septiembre, cuando el puerto de la Piedra de San Martín está abierto y las sendas del karst de Larra se pueden recorrer sin nieve. De diciembre a abril el valle cambia de ritmo con la temporada de esquí en Larra-Belagua. En cualquier época conviene reservar alojamiento con antelación, porque la oferta en los siete pueblos del valle es reducida, y confirmar el estado del puerto de montaña antes de subir en coche o moto fuera del verano.
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para saborear Navarra de norte a sur
Una forma muy sencilla de planificar tu escapada es elegir primero una ruta y, desde ahí, seleccionar anfitriones, experiencias y mesas. Estas rutas de Navarra Experiences se llevan especialmente bien con el gastroturismo.
En cada una de estas rutas, la recomendación es la misma: deja hueco para la improvisación. El mejor mirador, el paseo más bonito o el plato que no esperabas suele llegar por una frase de tu anfitrión o anfitriona, pregúntales.
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